UNA LLAMADA A SALINGER
Orlando Gallo Isaza
La obra de Jerome David Salinger nos dice muchas cosas. Pero su vida también. Esa vida cuya privacidad debió salir a defender ante los medios y ante los tribunales, que ha sido rastreada inmisericordemente y a la cual no es posible asomarse en sus detalles sin que nos abrume la culpa.
Debimos tal vez conformarnos con la emoción que la lectura de sus libros nos provocó. Con la sensación de haber sido Holden Caulfield en algún momento de nuestras vidas, con el deseo de no dejar de serlo nunca.
Sin embargo, cuando la aproximación biográfica tiene el rigor y el respeto de la que David Shields y Shane Salerno titularon Salinger, el personaje crece incluso a nuestros ojos, pues claramente se percibe que nunca nada le resultó fácil. Unas frases liminares del volumen son muy elocuentes: “En la vida de Salinger hubo dos puntos de demarcación muy claros: la segunda guerra mundial y su inmersión en la religión vedanta. La segunda guerra mundial destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista. La religión le proporcionó la paz que necesitaba como hombre pero mató su arte”.
Así que Un día perfecto para el pez banana, releído a la luz de la experiencia desgarradora de su autor en el desembarco de su regimiento en la playa de Utah, en Normandía, aquel sombrío seis de junio de 1944, combatiendo entre los setos hombro a hombro con los alemanes y viendo caer a sus compañeros destrozados por la artillería enemiga, resulta bien coherente en el infausto desenlace del suicidio del protagonista; como comprensible resulta la frívola perorata de su joven y bella esposa (telón de fondo permanente de la narración) con el ambiente de Gran Gatsby en que discurrió la primera juventud del autor y que precisamente la confrontación armada interrumpió.
Cuán cerca estaban para entonces los días de su romance con O’ona O’Neill, la hermosa hija del gran dramaturgo y premio Nobel Eugene O’Neill, cuyos atavíos al ser elegida “debutante del año 1942” fueron descritos así en un pie de foto de los Archivos Bettman: “O’ona O’Neill, debutante número uno del año, lleva luminosas joyas de plata sobre vestido de terciopelo y crespón negro, un contraste espectacular. Los broches en forma de corazón son de plata de ley forjada a mano por Mary Gage y Marjorie Ralston”.
Y qué lejos ese mundo y ese lenguaje estereotipado de las páginas sociales neoyorkinas de la perspectiva del desadaptado Holden Caulfield, cuyo itinerario construía para ese entonces Salinger, quien en pleno frente de batalla y entre las pausas de las ráfagas, avanzaba con el manuscrito de El guardián entre el centeno.
La estocada a la incursión en esa feria de vanidades la daría la propia O’ona en junio de 1943, al casarse con una leyenda viva de las artes, Charles Chaplin, quien a sus 54 años desposaba a la cuasi adolescente de 17, que lo acompañaría hasta la muerte y le daría ocho hijos. Salinger se enteró en la trinchera, por los periódicos, donde además ella modelaba para productos cosméticos. Nunca pudo reponerse del todo. Pero cuántas veces lo que es malo para la vida es bueno para el arte.
El fin de la guerra supuso también su hospitalización por estrés postraumático y su apresurado y relativamente efímero matrimonio con una mujer alemana. También la ambivalente relación con los editores y la deplorable con los productores de cine.
El primer relato, tras cinco años de estar encajonado, aparecería en New Yorker en noviembre de 1946. Ahí estaba el embrión del Guardián. Deberían pasar dos años para que allí mismo se publicara Un buen día para el pez banana y el suceso literario estallara como pólvora. Talese exclamó: “Realmente pareció que era la primera voz americana y legítima que se publicaba y que tenía toda la potencia y la música de lo que más tarde habría en las palabras de Bob Dylan, o de los Beatles…”
De esos años es también la desafortunada adaptación al cine de El tío Wiggily en Connecticut, que como película se llamaría Mi loco corazón y que hizo renegar a Jerome David, maldiciendo el momento en que vendió sus derechos a Samuel Goldwyn para que dos guionistas a sueldo destrozaran el relato. Una primera senda que Salinger cerraba de un portazo: el celuloide.
Era un tiempo de creciente reconocimiento de su valor literario. Sin embargo, sería la aparición de The catcher in the rye (1951), traducida al español como El guardián entre el centeno, la obra que lo catapultaría en la literatura del mundo. El himno literario de toda una época. Holden Caulfield, un rebelde sin causa mucho antes de James Dean y del icónico protagonista de En la carretera, de Kerouac, inauguraba la generación beat y prefiguraba la contracultura. En la era del Macartismo, que pretendía ahogar toda una generación, aparecía ese inconformista que se negaba a ser un ladrillo más en la pared. Y en un libro que establecía una conexión directa con el lector. El crítico Edward Norton lo expresa bien: “Tu primera experiencia de El guardián entre el centeno no es que te parezca que Holden es tu amigo. Es que te parece que Holden eres tú”.
El tono de la novela y su declaración de principios está en el primer párrafo:
“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Cooperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso”.
Un libro antiamericano, así se estigmatizó. El libro más leído y a la vez más censurado en las escuelas. “No era la América descabelladamente paranoica de los juicios de McCarthy ni la América aséptica de Disney. Era real, pensamientos reales, sentimientos reales y dolor real”, como señalan Shields y Salerno.
Esa barahúnda mediática le hizo huir de Nueva York. Adquirió 36 hectáreas de tierra, en una colina frente al río Connecticut, en New Hampshire, el refugio desde el que intentaría inútilmente defender su privacidad, pues no hay nada como intentarlo para alborotar a los reporteros, que lo asediaron siempre y lograron en algunos casos publicar conversaciones privadas, con fines supuestamente académicos, en revistas de amplia circulación.
Pero no solo se guareció físicamente allí en el bosque de Cornish, también lo hizo espiritualmente en la religión Vedanta, que lo alejaba de la contaminación de sus heridas y del mundo real. Ya en los Nueve cuentos algunos protagonistas tienen mucho de ese aire metafísico. Y los personajes de Franny y Zooey, Seymour: una introducción y Levantad carpinteros la viga maestra están definitivamente tocados de misticismo.
La crítica fue especialmente dura con estos tres últimos libros. Esperaban de seguro alguna continuidad con El Guardián y no hallaban la empatía lograda con Caulfield en esa familia de locos geniales, los Glass, cuya inteligencia desmesurada sólo podía defenderse de sí misma con el arrobamiento de la religiosidad. Pero en esos personajes y en esas historias estaba todo el buceo en su alma ermitaña.
Y luego, solo silencio literario. Ni una publicación más, aunque siguió escribiendo. Su familia, sus hijos, sus núbiles novias. No fue un buen padre, ni un buen esposo, bordeó la pedofilia. Habría sido un buen candidato al cadalso del Me too.
De todo esto queda ese puñado de libros con sus entrañables personajes. Y quedamos millones de lectores del más diverso pelambre, pues si algo no fue nunca Salinger fue un bicho para académicos. En ediciones rústicas o virtuales, sigue siendo leído y sus palabras aún están vivas.
Para evocarlo en su real dimensión, me basta un parlamento del Holden Caulfield emocionado con sus libros favoritos:
“Lo que me alucina son esos libros que, cuando terminas de leerlos, te hacen desear que su autor fuera tu amigo del alma y pudieras llamarlo por teléfono cuando te apeteciera”.
Todavía hoy quiero hacerle una llamada a Jerome David Salinger.


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