CHEERS, JACK


ORLANDO GALLO 


Para Carlos Patiño

y Ómar Castillo

 

Siempre el mundo

mediatizado por un cristal:

 

el del parabrisas del Plymouth amarillo

rumbo a Denver,

 

o el de algún vaso grande de Jack Daniels

con soda,

 

o el de esa suerte de espejos tridimensionales

y ruidosos,

los amigos:

 

Sammy, Allen, Neal,

Gary, John, Carolyn,

 

esos indeseables

que hacían maldecir a Mémêre

en un francés antiguo… aristocrático.

 

Oscuro e inútil ciudadano de Lowell,

Massachusetts,

 

destinado a nombrar

esa fuerza amorfa llamada América

 

teniendo más presente a Whitman

que a Franklin Delano Roosevelt,

 

en una prosa mucho más “bop”

que “dixie”

mucho más Charlie Parker que Glenn Miller,

 

y para completar,

sin emoción alguna de triunfador

y más bien con una perpleja tristeza

frente al desembarco en Normandía.

 

Si lo que hacías era mecanografía

y no literatura,

 

como anotó Capote,

 

fuiste tal vez

el más hábil y sincero mecanógrafo

de esos tiempos

y al volante de tu Underwood

recorriste más kilómetros

en tu efímera e intensa vida

que la Greyhound Company

en toda su historia.

 

Con Han Shan y Basho,

vía Gary Snyder,

entendiste que “el camino”

era “la carretera”,

 

como ya lo habías intuido

 

y con Henry Miller

 

quien celebró On the road,

que “a quien no sabe para dónde va,

todos los caminos le llevan”.

 

En 1958,

sin un ápice de grasa,

bronceado y con un cerebro en plena ebullición,

parecías una máquina perfecta

para combatir la estupidez media norteamericana,

 

una especie de agente secreto del Espíritu.

 

Pero la Gran Bestia

no te perdonaría

tu esquivez a las marquesinas,

tu renuencia a dejar que tus novelas

fueran vueltas un insípido bagazo

 

por Hollywood

y su recua de tontos.

 

Y cuando te sentiste cercado,

estaba Mémêre,

la Virgen Madre

que te daba refugio y culpa,

alternativamente.

 

Y estaba Lowell,

ese pueblito de pequeños industriales,

donde había muerto Gerard,

el hermano mayor, el perfecto;

un útero al cual regresar

y descansar para siempre.

 

Pero a tu vida viajera

le faltaba una última mudanza:

 

Vendida la correspondencia con Ginsberg,

comprar el bungalow en St. Petersburg,

Florida,

 

un lugar, ahí sí,

 

en el cual verter toda tu nobilísima

sangre bretona

aquel martes 21 de octubre de 1969,

 

para que los buenos chicos de Harvard

a los que tanto despreciaste

dijeran sin embargo

en el Harvard Crimsom.

 

“Deberíamos rezar una oración por él

Dios, danos fuerza para estar tan vivos como lo

estuvo Kerouac.

Envíanos más como él para hacer arder la

mentira”.

 



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