Desechando
algunas ediciones, sobre todo por lo
demasiado comprimidas, opté al fin por la que más se asemejaba en mi memoria a
esa que atrajo mi atención aquella mañana cuando descubrí que la vida en los libros tenía otro brillo, muchas
veces más intenso.
No fue
necesario regatear demasiado con el dueño de esa modesta librería de viejo,
ubicada en el pasaje
Con ese ritual me preparaba a sumergirme de nuevo en la menos paradigmática de las obras de Julio Verne, la que sigue el accidentado itinerario del capitán del Cuerpo de Correos del zar Alejandro II, Miguel Strogoff, a través de los cinco mil quinientos kilómetros de despeñaderos, gigantescos ríos y heladas estepas que hay entre Moscú e Irkutsk.
La
lectura original la hice en un ejemplar prestado en el Bibliobús, ese camión
cuadrado que
Sabe
Dios qué torcida y precoz intuición me hizo preferir inicialmente dos obras que
por sus títulos y por lo que insinuaban tras una breve hojeada, se me hicieron
más apetecibles:
Esa
abrupta censura, en quien se preciaba de
liberal, tuvo una inmediata atenuación de su parte y fue insinuarme entusiasmado la lectura de Julio Verne, que
comencé con Veinte Mil Leguas de Viaje
Submarino, a decir verdad sin mayor impacto, a pesar de sus profusas
ilustraciones, pues ya por entonces la serie Viaje al fondo del mar me proveía
en la televisión de unas aventuras que evidenciaban la paradoja de la ciencia
ficción, cuando lo avizorado anticipadamente se hace realidad y casi rutina. El imaginario de que
nos proveía el capitán Lee, verdadero
héroe de la serie, a pesar de que el submarino Seaview estaba al mando del almirante Nelson, dejaba bien poco para el un tanto cavernario Capitán Nemo, con sus aparatosas
escafandras.
Puedo
reconstruir la atmósfera del momento en que mi padre, ante mi relativa
decepción, volvió a la carga con sus recomendaciones y me habló de Miguel Strogoff y la impresión que en su
momento le produjo la travesía del héroe por las llanuras siberianas. Al lunes
siguiente, apenas pude esperar el arribo del bibliobús para buscarlo en la
apretada estantería y dirigirme a toda prisa a mi casa, situada apenas a tres
cuadras de la escuela.
No
recuerdo si la lectura tardó un día o una semana. La evocación es tan
absolutamente sensorial que no puedo precisar siquiera si hubo pausas para
comer o para dormir. Por contraste con la intensidad de esas páginas, el mundo
cercano se llenaba de tal trivialidad que yo lo atravesaba sin verlo, como el
personaje de la novela, tras la ceguera provocada por las inicuas torturas que
le propinó su vil enemigo, Iván Ogareff, lo hacía por las infestadas
extensiones de la mano de la pálida y hermosa Nadia Fedor.
Recuperado
el aliento, tras el merecido castigo de las huestes rebeldes y la retoma del
orden por parte de los leales del zar, hubo que regresar a necedades como tomar
la ducha o hacer las tareas escolares. Todo un fastidio.
Casi
en mis cincuenta, lo he releído, sintiéndome un poco intruso de mí mismo a los
once años. No quiero reflexionar sobre la eficacia narrativa de Verne, ni sobre
su capacidad de intriga, que lo habría catapultado sin duda en estos tiempos al
cine, o a alguna cosa peor.
MI
único balance, si hay que hacerlo, es
que lo que sentí leyendo Miguel Strogoff está vivo hoy en día y significa que no pueda
dejar de mirar los libros, cualquiera en principio, sin pensar que son una
secreta puerta a una realidad más intensa, tal vez la que Platón vislumbraba
afuera de la caverna.



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