EL CORREO DEL ZAR


Orlando Gallo





 

Desechando algunas ediciones, sobre todo por  lo demasiado comprimidas, opté al fin por la que más se asemejaba en mi memoria a esa que atrajo mi atención aquella mañana cuando  descubrí  que la vida en los libros tenía otro brillo, muchas veces más intenso.

No fue necesario regatear demasiado con el dueño de esa modesta librería de viejo, ubicada en el pasaje La Bastilla, de donde salí con un volumen de Bruguera, de pasta dura, impecablemente conservado, a pesar de datar de 1976.

Con ese ritual  me preparaba a sumergirme de nuevo en  la menos paradigmática de las obras de Julio Verne,  la que sigue el accidentado itinerario del capitán del Cuerpo de Correos del zar Alejandro II, Miguel Strogoff, a través de  los cinco mil quinientos kilómetros de despeñaderos, gigantescos ríos y heladas estepas que hay entre Moscú e Irkutsk.

La lectura original la hice en un ejemplar prestado en el Bibliobús, ese camión cuadrado que la Biblioteca Pública Piloto de Medellín parqueó justamente frente a mi escuela, a la apretujada hora en que terminábamos  la jornada y no teníamos programa diferente a presenciar en los improvisados tinglados los ajustes de cuentas fraguados en los recreos.

Sabe Dios qué torcida y precoz intuición me hizo preferir inicialmente dos obras que por sus títulos y por lo que insinuaban tras una breve hojeada, se me hicieron más apetecibles: La Romana y La Campesina, de Alberto Moravia; sólo que mi padre me las prohibió sin vacilaciones, pues, lo supe mucho después, le pudieron representar la  excomunión y fuego eterno, tal como se lo indicó el presbítero Velásquez, su antiguo confesor de la parroquia de San Diego. Y ese tipo de maldiciones se heredan sin remedio.

Esa abrupta censura, en  quien se preciaba de liberal, tuvo una inmediata atenuación de su parte y fue insinuarme  entusiasmado la lectura de Julio Verne, que comencé con Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, a decir verdad sin mayor impacto, a pesar de sus profusas ilustraciones, pues ya por entonces la serie Viaje al fondo del mar  me proveía en la televisión de unas aventuras que evidenciaban la paradoja de la ciencia ficción, cuando lo avizorado anticipadamente se hace  realidad y casi rutina. El imaginario de que nos proveía el capitán Lee, verdadero héroe de la serie, a pesar de que el submarino Seaview estaba al mando del almirante Nelson, dejaba bien poco para el un tanto cavernario Capitán Nemo, con sus aparatosas escafandras.

Puedo reconstruir la atmósfera del momento en que mi padre, ante mi relativa decepción, volvió a la carga con sus recomendaciones y me habló de Miguel Strogoff y la impresión que en su momento le produjo la travesía del héroe por las llanuras siberianas. Al lunes siguiente, apenas pude esperar el arribo del bibliobús para buscarlo en la apretada estantería y dirigirme a toda prisa a mi casa, situada apenas a tres cuadras de la escuela.

No recuerdo si la lectura tardó un día o una semana. La evocación es tan absolutamente sensorial que no puedo precisar siquiera si hubo pausas para comer o para dormir. Por contraste con la intensidad de esas páginas, el mundo cercano se llenaba de tal trivialidad que yo lo atravesaba sin verlo, como el personaje de la novela, tras la ceguera provocada por las inicuas torturas que le propinó su vil enemigo, Iván Ogareff, lo hacía por las infestadas extensiones de la mano de la pálida y hermosa Nadia Fedor.

Recuperado el aliento, tras el merecido castigo de las huestes rebeldes y la retoma del orden por parte de los leales del zar, hubo que regresar a necedades como tomar la ducha o hacer las tareas escolares. Todo un fastidio.

Casi en mis cincuenta, lo he releído, sintiéndome un poco intruso de mí mismo a los once años. No quiero reflexionar sobre la eficacia narrativa de Verne, ni sobre su capacidad de intriga, que lo habría catapultado sin duda en estos tiempos al cine, o a alguna cosa peor.

MI único balance, si  hay que hacerlo, es que lo que sentí leyendo  Miguel Strogoff  está vivo hoy en día y significa que no pueda dejar de mirar los libros, cualquiera en principio, sin pensar que son una secreta puerta a una realidad más intensa, tal vez la que Platón vislumbraba afuera de la caverna. 

 

 

 

Comentarios

Entradas populares