Elogio del abogado

 

       Elogio del abogado

 

 Orlando Gallo 

 

Hay una clase de funcionario que hizo tránsito directo de la universidad a la Rama Judicial. Bien porque alguno de sus profesores fuera juez o magistrado y en el aula se dio el guiño de empatía o admiración que creó la oportunidad laboral o bien porque el alumno aventajado estuvo atento a alguna de esas ya frecuentes convocatorias y acertó en el primer intento.

 

Podría sostenerse que ese especimen constituye un alto porcentaje del personal, aunque es preciso reconocer que en los últimos tiempos los concursos mismos han menguado esa suerte de endogamia perenne que llegó a propiciar hasta el heredamiento de los cargos (puedo dar fe de ello: mi primer auxiliar ingresó a la judicatura para reemplazar a su padre al jubilarse).

 

Hay una subclase adicional que de la academia pasó sin pausa al poder público, en otra de sus ramas, ignorante también del ejercicio independiente de la abogacía.

 

Ninguno de ellos conoce, pues, la zozobra diaria de quien tras ingente esfuerzo abre una oficina, compra algunos textos jurídicos y se dedica a su lectura y minucioso subrayado, sin dejar de atisbar hacia la puerta por si algún desprevenido ingresa y pregunta “cualquier cosa sobre cualquier área del derecho”.

 

Algún sector de esos inveterados burócratas suele mirar con desdén y desconfianza a los litigantes. Les parecen unos meros avivatos que intermedian en la dispensa de justicia y engordan sus cuentas con la ingenuidad de sus poderdantes. Suelen verlos como sus rivales, al proponer atrevidas teorías de interpretación que socavan su comodidad en el estrado. Son cicateros al fijar sus agencias en derecho, pues consideran que “se las han ganado muy fácil”.


¿Fácil? Reitero, cuán estéril sería ese diálogo de sordos entre legisladores y jueces, si el abogado no estuviera proponiendo, algunas veces punzado por la precariedad económica, es verdad, el viejo Marx tenía razón, otra mirada sobre la norma, una que derrumbe un precedente y establezca un nuevo paradigma.

 

Como juez, he aprendido mucho de los apoderados. Desde una demanda honesta y concreta; desde una contestación sagaz y leal; desde unas alegaciones pertinentes y fundadas, he asistido a la búsqueda incansable de la siempre esquiva verdad. Ellos me han acompañado, hombro con hombro, a cambiar el mundo, porque cada providencia lo hace.

 

Mis respetos a esa inmensa minoría, como bautizaba Rodrigo Castaño a la audiencia de la legendaria emisora cultural HJCK.

 

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