Elogio del abogado
Elogio
del abogado
Hay una clase de
funcionario que hizo tránsito directo de la universidad a la Rama Judicial.
Bien porque alguno de sus profesores fuera juez o magistrado y en el aula se
dio el guiño de empatía o admiración que creó la oportunidad laboral o bien
porque el alumno aventajado estuvo atento a alguna de esas ya frecuentes
convocatorias y acertó en el primer intento.
Podría sostenerse que
ese especimen constituye un alto porcentaje del personal, aunque es preciso
reconocer que en los últimos tiempos los concursos mismos han menguado esa
suerte de endogamia perenne que llegó a propiciar hasta el heredamiento de los
cargos (puedo dar fe de ello: mi primer auxiliar ingresó a la judicatura para
reemplazar a su padre al jubilarse).
Hay una subclase
adicional que de la academia pasó sin pausa al poder público, en otra de sus
ramas, ignorante también del ejercicio independiente de la abogacía.
Ninguno de ellos
conoce, pues, la zozobra diaria de quien tras ingente esfuerzo abre una
oficina, compra algunos textos jurídicos y se dedica a su lectura y minucioso
subrayado, sin dejar de atisbar hacia la puerta por si algún desprevenido
ingresa y pregunta “cualquier cosa sobre cualquier área del derecho”.
Algún sector de esos
inveterados burócratas suele mirar con desdén y desconfianza a los litigantes. Les
parecen unos meros avivatos que intermedian en la dispensa de justicia y
engordan sus cuentas con la ingenuidad de sus poderdantes. Suelen verlos como
sus rivales, al proponer atrevidas teorías de interpretación que socavan su
comodidad en el estrado. Son cicateros al fijar sus agencias en derecho, pues
consideran que “se las han ganado muy fácil”.
¿Fácil? Reitero, cuán
estéril sería ese diálogo de sordos entre legisladores y jueces, si el abogado
no estuviera proponiendo, algunas veces punzado por la precariedad económica,
es verdad, el viejo Marx tenía razón, otra mirada sobre la norma, una que
derrumbe un precedente y establezca un nuevo paradigma.
Como juez, he aprendido
mucho de los apoderados. Desde una demanda honesta y concreta; desde una
contestación sagaz y leal; desde unas alegaciones pertinentes y fundadas, he
asistido a la búsqueda incansable de la siempre esquiva verdad. Ellos me han
acompañado, hombro con hombro, a cambiar el mundo, porque cada providencia lo
hace.
Mis respetos a esa
inmensa minoría, como bautizaba Rodrigo Castaño a la audiencia de la legendaria
emisora cultural HJCK.


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