PHILIP
LARKIN: El deseo de estar solo
Orlando
Gallo Isaza
“...Yo
me pregunto quién
Será
el último en buscar en este lugar
lo
que en algún momento todos buscamos;
¿Uno
de esos que bailan y saltan y saben
la
respuesta a todas las interrogaciones?
¿Algún
bebedor empedernido, a quien le encantan las antigüedades?
¿O
un adicto a las navidades, alguien que echa de menos
La
ceremonia, los inciensos y la música?
¿O
será acaso mi representante,
Aburrido,
mal informado, un cieno fantasmal
Disperso,
sin embargo, algo que encuentra aquí
En
este suburbio, en estos pisos,
Algo
perdido hace mucho tiempo y sólo recuperado
En
las separaciones - matrimonios, nacimientos,
Y
muertes, y pensamientos al respecto -
para
quién fue construida esta celda? Porque si es verdad
que
no tengo idea
De
cuánto puede valer esta catedral en desuso,
Me
causa un gran placer pararme aquí en silencio;
Una
casa seria en un mundo serio, eso es lo que significa...”
(Visitando la iglesia)
Desde la primera lectura que hice de este
poema, en la versión de Jaime Manrique Ardila publicada por el Instituto
Colombiano de Cultura en 1978, he regresado a él con el previo fervor y la
misteriosa lealtad que Borges encuentra en la lectura de los clásicos. Cada vez
que traspongo el umbral de alguno de nuestros templos, lo cual hago con
frecuencia, preferiblemente cuando se hallan casi desiertos, no puedo evitar
recordar el gesto del personaje del poema de Larkin quitándose su pinza de
ciclista “para expresar de alguna manera mi torpe reverencia”.
Hasta
la edición por parte de la Universidad de Antioquia de la Antología
Poética de Philip Larkin, ese era casi
todo mi conocimiento de su obra y bastaba para mi incondicional admiración. No
dejé de husmear en bibliotecas y librerías de la ciudad tratando de encontrar
algún otro texto suyo. Sólo en la compilación de Poesía Inglesa Contemporánea
realizada por Enrique Revol para Ediciones Librerías Fausto pude hallar otros
dos poemas y una pequeña nota biográfica.
Saludé, pues, efusivamente esta
Antología, cuya traducción y selección hizo el profesor inglés Brian Mallet,
iluminadora respecto a la importancia de Larkin, de quien Robert Lowell dijo
que era “el más grande poeta inglés contemporáneo”. Y, a decir verdad, no hubo
decepciones.
Aunque desde el prólogo nos enteramos
de que a Larkin le defraudó no encontrar en los libros enviados a un concurso
en el cual fue jurado “poemas de amor y acerca de la naturaleza”, no podemos,
ni mucho menos, afirmar que esos sean los temas fundamentales de su poesía. O
si lo aceptamos, será ampliando mucho las acepciones tradicionales de esos
conceptos.
Ni la naturaleza ni el amor son en
Larkin esas entidades a cuya merced se encuentra el hombre para el espíritu
romántico. No son ni desmesura ni arrebato. Pero tampoco placidez ni
contemplación. No presiden en todo caso su poética y son tan solo algunos de
los asuntos que enfrenta su mirada desolada.
Las estaciones, por ejemplo, son algo
que se padece:
“...¡Oh lluvia!, ¡Oh escarcha! Quedan
tantas cosas por limpiar:
Toda esta madurez, toda esta carne
llena de reproches,
Y el verano, que persiste en volver
como el espectro
De algo que la muerte ha simplemente
embellecido,
Y los cielos nocturnos tan
brillantemente extendidos
Con su aguda insinuación de un viaje,
todo debe dispersarse
Antes de que la estación se pierda y se
vuelva anónima,
Como una plazoleta londinense que uno nunca sabe si irá a encontrar...”
(El
otoño, p. 57)
Y el amor es más bien un inventario de
despedidas, una suma de desencuentros:
“Amor, nos toca separarnos ahora: que
no sea
Calamitoso y amargo. En el pasado
Hubo demasiada luz de luna y compasión
egoísta:
Pongamos fin a todo esto: ahora, por
fin,
Jamás el sol ha recorrido el cielo con
tanta audacia
Jamás los corazones han anhelado tanto
su libertad,
Romper a patadas los mundos, azotar las
selvas; tú y yo
Ya no los detenemos; somos cáscara,
observadores
De la semilla que avanza hacia otro fin
diferente.
Hay remordimiento. Siempre hay remordimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se
desaten
Cual dos carabelas, viento en popa,
inundadas de luz,
Se desprenden del estuario, rumbo fijo
al horizonte,
Con un saludo se separan, con un saludo
se pierden de vista”.
(Amor,
nos toca separarnos ahora, p. 179)
Lo que prevalece como tema y sobre todo
como atmósfera en el libro de Larkin es el sentimiento de la inútil belleza de
existir. La conciencia desnuda del poeta, tanto en los poemas de “juventud”
como en los de “madurez”, de que agonizamos desde el nacimiento y de que todo
lo que nos rodea expresa ese paulatino deterioro, desesperanzadamente.
Al nombrar ese entorno que señala
nuestra precariedad, el poeta no solloza ni anhela otro destino, no vislumbra
paraísos ni propone alivios. Los únicos gestos que se permite su impertérrita
condición son un mesurado pavor y una sardónica mueca.
El Miedo:
“Trabajo todo el día y medio me
emborracho en las noches.
Despertándome a las cuatro en la
oscuridad silenciosa, miro fijamente.
Con el tiempo los bordes de las
cortinas se iluminan.
Hasta entonces veo lo que en verdad
siempre ha estado ahí:
La muerte inquieta, ahora todo un día
más cerca,
Volviendo imposible todo pensamiento
que no sea el de cómo
Y dónde y cuándo yo también moriré.
Interrogación estéril: sin embargo, el
pavor
De morir y estar muerto
Relampaguea una vez más para agarrar y
horrorizar...”.
(Aubade,
p. 157)
Y el rictus burlón:
“¿Qué creen que les ha pasado, viejos
pendejos,
Para estar como están? ¿Acaso suponen
que es más maduro si la boca cuelga
abierta y babea,
Y siguen mojándose, y no pueden
recordar
Quién llamó esta mañana? ¿O que si sólo
quisieran,
Podrían volver atrás, cuando bailaban
toda la noche,
asistían a sus bodas, o caminaban con
los brazos
entrelazados algún septiembre?
¿O se imaginan que realmente nada ha
cambiado,
Y siempre se han portado como si
estuvieran tullidos o tomados,
sentados por días enteros en un ligero
continuo soñar
Viendo la luz pasar? Si no lo hacen ( y
no pueden), es extraño:
¿Por qué no están gritando?...”
(Los
viejos pendejos, p. 147)
¿Qué hace sin embargo posible que la
experiencia de leer a Larkin, a pesar de la lobreguez de su visión y de lo
terrible de su materia, resulte, para usar un término supremamente devaluado,
edificante? ¿ Por qué no nos hace desear descerrajarnos un tiro o, como el
Eróstrato del cuento de Sartre, nos impulsa a apostarnos tras una cornisa para
disparar contra la multitud? ¿ Por qué al final una apacible armonía se nos
impone?
Porque encontrarse con esta obra
representa descubrir cómo la Poesía, en su más pura expresión, ha crecido con
el hombre y le sigue acompañando como la más refinada creación de su espíritu.
Que sigue nombrando sus simples cosas y trasmutando la escoria en oro. Que
sigue viva y ya no requiere de altisonancias para hacerse grande, pues apenas
susurrada por este gris bibliotecario en el norte de Inglaterra, de donde
apenas si salió de manera ocasional, tamizada por la traducción de la que el
poeta descreía, nos estremece tan hondamente.
“...Y
ese conocimiento es algo eterno, algo que nunca será abolido,
Porque
siempre habrá alguien que constantemente
Estará
buscando su vena más seria,
Y
gravitando con esa convicción hacia la tierra,
Un lugar
en el cual (alguien lo dijo en una ocasión)
Uno
había sido puesto para alcanzar cierta sabiduría,
Y para
crecer y madurar...”
(Visitando
la Iglesia)
Como en una adivinanza en la que la
respuesta sea “muerte”, apenas si he usado el término. Pero siempre estará ahí,
permeando cada poema de Larkin. Es lo que se le insinúa apenas en el baile de
los trompos, cuando tenía treinta y un años:
“Los trompos se inclinan y se desvían
En su baile recién empezado:
Culebrean en el piso
Al comienzo,
Luego se yerguen solemnemente
Como la llama de una vela hasta
Volverse silenciosos, dormidos,
En movimiento pero inmóviles.
Así siguen bailando
Hasta que un titubeo
Un temblor que pronto desaparece-
Su ritmo se va alterando:
De nuevo inclinándose
Como si estuvieran desesperadamente
cansados
Tambalean y luego
El equilibrio que admiramos
Flaquea, chacolotea y se desparrama.
Patéticamente acabado.
Y lo que más asombra
Es ese primer estremecimiento,
Ese tropiezo por el cual
Sabemos sin duda alguna
Que están a punto de agotarse
Y que han comenzado a morir”.
(Trompos,
p.57)
Y es también lo que descubre, mucho más
próximo y real, un día en el jardín, a los cincuenta y siete años:
“La podadora se atascó, dos veces;
arrodillándome encontré
Un puercoespín magullado ahí, contra
las cuchillas,
Muerto. Había estado en el pasto largo.
Lo había visto antes, incluso le di de
comer una vez.
Ahora había maltratado su discreto
mundo
Irreparablemente. Enterrarlo no servía
de nada:
A la mañana siguiente yo me levanté y
él no.
El primer día después de una muerte, la
nueva ausencia
Es siempre la misma; deberíamos
cuidarnos
Los unos a los otros, deberíamos ser
más amables
Mientras quede tiempo.
(La
podadora, p.165)
El proceso de publicación de la
Antología Poética de Philip Larkin debió apresurarse en la Universidad de
Antioquia ante el repentino diagnóstico de una enfermedad terminal a su
traductor, Brian Mallet. Uno de los primeros ejemplares le fue remitido a Cartagena,
en donde oficiaba como docente universitario desde hacía varios lustros,
propiciándole así una de sus últimas alegrías, pues su fallecimiento se produjo
pocos días después, mientras avanzaba en la traducción de los textos del
sacerdote y poeta galés R.S. Thomas.
Podemos imaginarlo leyendo una y otra
vez el libro de Larkin, también suyo, mientras aguardaba lo que ya sabía
inevitable y próximo. El destino había puesto en sus manos unas palabras, ahora
impresas, tremendamente pertinentes.




Comentarios
Publicar un comentario