COMO SI TODO SE TRATARA DE GANAR

Orlando Gallo Isaza

Ser de alguna parte es algo que los años van inscribiendo en nuestro ser. No significa nada y cuando joven es más bien un fardo que nos quieren hacer cargar. Por eso el anhelo entonces es volar, lejos. Soñar con el París de Oliveira, incluso siendo un clochard, bajo un puente del Sena, “ebrio como un tonel de vino”, como dice Roca.

El tiempo, ese niño que juega y mueve sus peones, nos va afincando en las rutinas y en las geografías, con esa seda pegajosa del afecto, volviéndonos a veces irreconocibles desde la mirada adolescente.

Por eso, al cabo de los años encontramos hermosos recodos de nuestra ciudad que antes eran meras talanqueras para los anhelos de fuga y suntuosos unos atardeceres que siempre ignoramos, por mirar hacia adentro o hacia abajo.

El Deportivo Independiente Medellín tiene inmerso el nombre de la ciudad en su razón social, que suele abreviarse en la sigla DIM, a la que desde hace un tiempo se le agrega el adjetivo poderoso, lo que obra como una suerte de conjuro.

Mi recuerdo más antiguo acerca de afiliarme a un color, a una camiseta, a una muchedumbre, data de mi pupitre en Segundo A, en la escuela Edgar Poe Restrepo, compartido con Villegas, un gordito de fuerte olor, diestro en desplegar el lenguaje más escatológico a propósito de nada.

El estudio no se le daba fácil y no es que fuera “demalas para pensar”, como se dice por aquí, pero en sus cuadernos, más que las lecciones dictadas o copiadas del tablero, prevalecía con notoriedad un collage de imágenes de futbolistas y de estadios, recortadas de revistas o periódicos y pegadas sin gran sentido de la estética con engrudo casero.

Veía en ese gesto un desafío a la incipiente academia barrial, lo que me llenaba de perplejidad y, claro, de admiración, yo que nunca he sido mucho de desafiar las convenciones.

Al inquirir por esa iconografía, Villegas se explayó en ilustrarme sobre alineaciones, marcadores, posición en la tabla y posibles contrataciones del equipo rojo, alrededor de cuyo culto todo su grupo familiar había construido un imaginario y prácticamente (lo percibo ahora) un único lazo con la sociedad.

Interesarme en el asunto resultó inevitable, una manera de escapar a las tareas impuestas y la radio fue el vehículo para el adoctrinamiento y la emoción. Los programas deportivos, con su chismorreo continuo, con sus furiosos debates, pero, sobre todo, esas tardes del domingo con los narradores que a grito herido nos hacían ver la cancha, las patadas, los goles, con el corazón palpitante.

Y ese DIM de ese año era un equipazo. Mi memoria, sin acudir a ayudas, sólo retiene un nombre, Héctor “Canocho” Echeverri, pero ahora Google me lleva a una cápsula de Álvaro “Polaco” Galeano, quien se detiene en la nómina de 1967 y menciona a Herman “Cuca” Aceros, Uriel Cadavid, Floreal Rodríguez, quienes bajo la dirección técnica de Pancho Hormázabal fueron un equipo “…de gran campaña, de gran empatía con la tribuna y con el juego del balón; era sangre paisa en ocho jugadores, sangre transfundida a los foráneos con base en el cariño del público…”

Era imperativo adscribirse a la fanaticada de uno de los dos equipos de la ciudad, lo contrario te haría ver como un bicho raro, objeto de burlas. Y la otra opción era el Atlético Nacional, que por entonces tenía escriturado el puesto décimo cuarto de la tabla (entre catorce). Así mismo sucedía con el ciclismo por aquel entonces, ante la rivalidad de dos antioqueños magníficos: “Cochise”Rodríguez y “El Ñato” Suárez. Debía optarse y no me resultó difícil hacerlo por el equipo rojo y por Cochise, apuntándome a los ganadores del momento. Y acertando con el ciclista.

Porque de un momento a otro, casi súbitamente, al menos desde mi perspectiva, el equipo verde trajo como técnico a una celebridad de talla mundial, Osvaldo Zubeldía, y se armó un conjunto que lleva casi medio siglo excediendo con su poder económico y futbolístico el nivel del fútbol rentado colombiano.

Pero ya mi corazón se había jugado por el equipo del pueblo (remoquete hermoso) y estaba preparado para ser zarandeado muchas veces por una hinchada como la de Nacional, donde ha prevalecido la prepotencia y la exhibición de las copas obtenidas en grandes mesones cubiertos de manteles, como si todo se tratara de ganar.

Cuando nació mi hija, junto a los nombres de los pájaros que le señalaba en el jardín, le inculqué el cariño por la divisa roja y azul y le regalé su primera camiseta. Sabedor de que le infundía también un posible sufrimiento, la quería acompañándome y bien pronto la llevé al estadio, yo que era un hincha de radio.

Por el nacimiento de Juliana, empecé a asistir al Atanasio Girardot. Pudo ser riesgoso llevarla con apenas cuatro años a la tribuna de preferencia, pero había una motivación irresistible: Carlos “El pibe” Valderrama acababa de ser contratado después de su paso por España. Una luminaria del fútbol arribaba a las humildes toldas. No podía haber un ritual iniciático más potente. Esa melena dorada arriba, la camiseta roja en medio y la pantaloneta azul abajo, como la reiteración (desordenada) de los colores de una bandera que también se aprendía por esos días. Y el hechizo de un juego descansado, con el balón pegado al pie y la visión periférica intacta, a pesar del pelero, el punto más alto en cuanto a balompié que roza el arte habido en este platanal.

Yo llevaba tres décadas siendo hincha de un club que no había sido campeón nunca. Bueno, en 1993 lo fue durante siete minutos, mientras en Barranquilla un resultado cambiaba de pronto y Junior nos arrebataba esa ilusión. Una broma recurrente al respecto razonaba con una regla de tres impecable: Si el equipo demoró treinta y seis años para ser campeón durante siete minutos, ¿cuánto tardaría para serlo todo un año?

Por esa época residía en el barrio Carlos E. Restrepo y los únicos devotos del medallo éramos el vendedor de lotería, el zapatero y yo. Esa Copa Libertadores de 1989 arrastró una cantidad de gente hacia la divisa verde y las mesitas del bulevar se llenaban de muchachos ensoberbecidos que me veían como un exotismo por ser del rojo; eran los contemporáneos de mi hija, con quienes descubría el mundo y por un tiempo llegué a creer que la habían hecho mudar de pasión futbolera, logrando así también matar al padre, como querría Freud.

Pero la estrella de 2002 vino en mi auxilio, cuando tras cuarenta y cuatro años y diez meses de ayuno, se volvía a levantar la copa de campeón de la mano de un técnico casi desconocido, Víctor Luna, quien, reafirmando la doctrina del eterno retorno, también había sido mi compañero de pupitre, sólo que en quinto de primaria, en la Escuela Preparatoria Julio César García. Y allí brillaban con luz propia jóvenes talentosos como David González, Mauricio Molina, David Montoya, Amaranto Perea, quienes tras una emotiva final ante el Deportivo Pasto me hicieron saborear las mieles desconocidas del triunfo y unirme en un abrazo emocionado con Juliana, que, cual hija pródiga, regresaba para siempre al lado del poderoso y le lanzaba besos al “Mao” Molina.

Comenzaba así un milenio que vaya a saber por qué conjunción de astros nos ha brindado más triunfos y finales que toda la última centuria transitada por el DIM desde 1913, llegando incluso a una semifinal de la Libertadores, habiendo derrotado a dos grandes como Gremio y Boca, a la postre campeón en ese año, 2003. Hemos dado la pelea y ya nuestro rival de patio no nos pasa por encima tan fácilmente.

Acostumbrarse a ganar, así sea ocasionalmente, ha sido todo un proceso. Ver al equipo en los primeros lugares y disputando torneos proporciona otra clase de angustia. Por eso el aterrizaje que en ocasiones nos ha dado su fútbol, cuando ha estado incluso muy cerca del descenso, nos recuerda ese origen de media tabla, donde la emoción es agridulce, el corazón duele y los ojos se te aguan. Tan parecido al amor romántico, ese que inventó Shakespeare.

El libro que prefiero de Pablo Neruda es Memorial de Isla Negra. Me gusta el tono intimista de esos poemas, mucho más que ese donde se sube a una tarima y le canta a toda América o a Leningrado, con gritos hermosos, aunque estentóreos. Cerca de la épica, el chileno podría versificar grandes gestas, de equipos grandes. No del mío.

Me quedo con Ernesto Cardenal, que susurra y quiere a una sola muchacha tan concreta y la llama Claudia. Con Cardenal, a quien dediqué este poema, pensando también en mi equipo y en mi muchacha:

Hoy fui al estadio

Y te esperé en el lugar de siempre,

Entre sur y occidental

 

Me perdí dos goles

Por mirar las escaleras

Pues todos los rostros tenían tu camiseta

 

Cuando el árbitro

En su impecable elegancia

Alzó los brazos como un banderillero

Y señaló el centro de la cancha

 

Supe que nuestro equipo

Y yo

Estábamos fuera.

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